Reapropiación del cuerpo a través del fútbol.

“El cuerpo es el único instrumento que tenemos para tocar la vida y si ese instrumento lo recuperamos, nos amigamos con él, nos reconciliamos con él, podemos mirar, tocar, danzar y contar la vida” (Margarita Pisano)

Comencé a jugar fútbol en el año 2013, como una forma de mantener una actividad física que ayudara a relacionarme de otra forma con mi cuerpo, ESCUCHARLO(ME) y CONOCERLO(ME) más. Una de las principales razones que me llevó a practicar este deporte, fue buscar en él un espacio de salud y bienestar para mi cuerpo.

Al iniciar la práctica, una de las primeras cosas que me di cuenta, fue la facilidad para conectar con el “no puedo, o no me atrevo”. Desconfiaba de las capacidades de mi cuerpo, pues no las conocía, y esto me generaba frustración.

Aquí me resuenan las palabras de Colette Guillaumin (2005), socióloga feminista que habla sobre el fenómeno de “apropiación” del cuerpo de las mujeres, que se ve evidenciado en las relaciones y en cada acento de nuestra motricidad, es decir, que nuestros movimientos, posturas, gestos y destrezas físicas están teñidos por el carácter material que el patriarcado ha asignado a nuestros cuerpos.

Tanto en mi experiencia, como en el relato de mis compañeras, veo que la práctica del fútbol nos ayuda en el ejercicio de re-apropiación de nuestro cuerpo, al brindarnos la posibilidad de conocer nuestra musculatura, reconfigurar nuestra motricidad, reconocer los límites de la resistencia física sin llegar a dañarnos, y explorar nuevas posibilidades de movimiento, desde la consciencia de que tenemos el PODER y la SOBERANÍA para decidir sobre cada parte de nosotras. Cito aquí a mi amiga Nadia, que comparte sus palabras conmigo y me dice:

“A sido muy gratificante, porque me ha hecho sentir que estaba cuidando mi cuerpo, que podía tener mejores sensaciones, como sentirme más segura, y no sé, como darle a mi cuerpo algo de (des)conexión y también de fuerza, haciendo pues algo que me apasiona mucho”

Dentro del lenguaje del futbol, hay una frase muy común, que es la de “meter el cuerpo”, y que hace referencia a sostener una postura firme, para defender la jugada que estás haciendo. Y entonces es cuando yo me pregunto: ¿Cómo lograr esta firmeza, cuando hemos sido educadas para esconder nuestros cuerpos, para ser suaves, delicadas y recatadas?

En mi caso, no estaba en mi repertorio la habilidad de sostener-me con FUERZA y FIRMEZA, de golpear con SEGURIDAD y DETERMINACIÓN un balón, de gritarle a otra persona para mostrar mi presencia en el espacio, de correr con agilidad y destreza. Algo similar he escuchado en el relato de muchas mujeres, tal como lo que comenta mi compañera Aileen, cuando dice: “En esto de ganarse el espacio, también va generando un cambio en la corporalidad, y en cómo usas este cuerpo en el espacio. Es como un poco de echar hacia afuera, que es todo lo contrario a lo que te enseñan cuando eres niña, que andes como replegada, achicada, sutil, en cambio, el fútbol te enseña a usar de otra manera el cuerpo, a sacarlo hacia afuera, de manera respetuosa sin pasar a llevar a la otra que está al lado, pero sí de ganarte el espacio a tu alrededor.”

Darme la oportunidad de explorar estas nuevas habilidades, me ha ayudado a ir sacando los mandatos sociales impregnados en mis músculos, que han reprimido y contraído mi cuerpo. A mostrarme con mayor presencia, sin esconderme, e ir perdiendo de a poco el miedo al dolor, ese miedo que tanto nos aprisiona y nos paraliza a las mujeres. 

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