En los últimos años de mi vida he identificado una dificultad para encontrar mi lugar en el mundo, reconocer ¿cuál es mi sitio? Me suelo perder con facilidad, en las expectativas, en la autoexigencia, en la complacencia, en la reacción, en el miedo, en la confluencia, en el rechazo. Dejo de estar en mí y de darme el (auto) reconocimiento que necesito para validar mi lugar.
Indagando en mi historia, creo que el primer lugar que perdí fue el de hija, no porque me lo hayan prohibido o negado, más bien, yo me fui distanciando de este lugar, en la medida que iba identificando cuestiones que no me agradaban o me dañaban. Aparentemente, un mecanismo de autoprotección que trajo como consecuencia el resistirme a seguir siendo sostenida por mi madre y mi padre, por la forma en cómo lo hacían.
Todo esto fue generando en mí la creencia de que me tenía que auto-sostener. Fui desarrollando una imagen de autosuficiencia, de que todo aquello que necesitaba para sobrevivir dependía de mi esfuerzo. Y así ha sido mi vida, buscando la seguridad y el sostén por mi cuenta.
Hoy miro hacia atrás, y reconozco que es imposible haber llegado hasta aquí sola, sin el cuidado y el soporte emocional, material, inclusive espiritual que me brindaron mi madre y mi padre.
Perdí el lugar de hija simbólicamente, porque mi madre siempre estuvo presente, cuidándome y brindándome aquello que yo necesitaba para seguir adelante. Mi padre, menos presente, estuvo a su forma, aunque me cuesta identificar cómo, reconozco su amor.
Recuperar mi lugar de hija, reconocer mi origen, validar el lugar que tienen mi padre y mi madre, con humildad y agradecimiento, me permite descansar y sentirme sostenida.
